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Madrid, Madrid, Spain
Soy María Auxiliadora Gómez. venezolana, de profesión Dra en educación, estoy jubilada. Soy católica, creo en Dios Padre todopoderoso y en la Virgen María.Tengo tres hijas que para mi son mis más hermosas poesías: María Vanessa, María Patricia y María del Carmen. Amo la cultura el folklore, los refranes, el teatro, las danzas, la música, la pintura, la poesía, es decir el arte en todas sus facetas. Así mismo me gusta escribir cuentos, temas alusivos a la cultura, guíones de teatros, monólogos poesías; al decir poesías hago una pausa porque para mí la poesía es parte de mi vida, pues desde muy pequeña mi papá que hace tiempo está en el cielo me condujo a es mundo mágico y me enseñó a conocer, a convivir, a declamar y sobre todo a amar la poesía. Para muestra, soy autora de un libro de poemas titulado SUBLIME LENGUAJE DEL ALMA. En ese mismo sentido, en mi pueblo San Fernando de Apure escribía en una columna del Semanario NOTILLANOS que llevaba por nombre HORIZONTE CULTURAL. En honor a esa columna fue que hice este Blog en el año 2013 con el mismo nombre.

sábado, 10 de diciembre de 2016

El zapatero remendón.




                                                     Desde "HORIZONTE CULTURAL" se les invita a leer este hermoso Cuento Navideño:  "El zapatero remendón" que pertenece al escritor, dramaturgo, filósofo, novelista León Tolstói, oriundo de Yásnaya Polaina, (Tula), Imperio Ruso.






En cierta ciudad vivía un zapatero remendón que se llamaba Martín Avdeich. Su morada era una pieza minúscula, en un sótano, cuya única ventana miraba a la calle. A través de ella, sólo veía los pies de las personas que pasaban por ahí, pero Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien, utilizando buenosmateriales y no cobraba en demasía.
Su esposa e hijos habían muerto hacía vario años, y eran tan grandes su dolor y desesperación, que había reprochado a Dios su tragedia. Pero cierto día un anciano que había nacido en la misma aldea natal de Martín, y que se había vuelto un peregrino y hombre de Dios, visitó al zapatero, y éste le abrió su corazón:
Ya no deseo seguir viviendo –le confió-. He perdido toda esperanza.
El anciano le contestó:
- Estás desesperado porque sólo piensas en ti, y en tu propia felicidad. Lee los Evangelios: allí verás cómo quiere Dios que vivas.
Martín compró una Biblia. Al principio, la leía únicamente los domingos y días de guardas, pero una vez que comenzó su lectura sintió tal felicidad en su corazón, que dio en leerla diariamente.
Y así sucedió que, ya tarde, una noche, al leer el Evangelio de San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invitó al Señor a su casa. Una pecadora se presentó a Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjuagó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo: - ¿Ves a esta mujer? Yo entre a su casa, y no me has agua con que se lavaran mis pies, más ésta lavado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjuagado con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza, y ésta ha derramado sobre mis pies sus perfumes.
Martín reflexionó. Este fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mí, ¿me comportaría de esa manera? Luego apoyó la cabeza en los brazos y se quedó dormido. De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie allí, pero oyó que le decían claramente: “¡Martín!, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte”
El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó su sopa de col y su avena con leche. A continuación se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.
Mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle a la vez que hacía su labor. Cuando pasaba alguien con botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego, un aguador. Al mismo tiempo, un anciano llamado Stepánich, que trabajaba para un comerciante vecino, empezó a quitar con pala la nieve acumulada frente a la ventana, Martín lo miró y prosiguió su tarea. Después de hacer una docena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepánich había apoyado la pala en la pared, estaba descansado o tratando de entrar en calor. Martín se asomó a la puerta y lo llamó.
- Entra, pasa y caliéntate. Debes de estar helado.
- ¡Que Dios te bendiga! –le agradeció Stepánich.
Entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo se tambaleó y estuvo a punto de caer.
- ¡Tranquilo! –le dijo Martín -. Siéntate, tomaremos un poco de té.
Y, llenándolo dos vasos, pasó uno a su visitante, que lo vació en seguida. Se veía a las claras que deseaba más. El anfitrión le volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martí seguía mirando hacia la calle.
- ¿esperas a alguien?
- Anoche –respondió Martín- estaba leyendo cómo Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente, ¿Y si eso me sucediera a mí? ¡Qué no haría para recibirlo como se merece! Entonces me dominó el sueño, y escuché que alguien me cuchicheaba: “Busca en la calle mañana porque vendré”
Mientras Stepánich escuchaba, abundantes lágrimas corrían por las mejillas. Dijo: gracias, Martín Avdeích. Me has reconfortado el cuerpo y el alma.
Stepánich se despidió, salió, y el zapatero se sentó en su mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer de zuecos, pasó, y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espaldas al frío cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.
Sacó algo de pan y sirvió sopa caliente:
- Come, buena mujer, y entra en calor –le ofreció cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
- Soy la esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender cuanto poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín rebuscó en sus estantes y regresó con una vieja capa.
- Toma –le dijo-. Está raída, pero servirá para arropar al pequeño.
Al coger la dádiva, la campesina soltó el llanto y exclamó:
- ¡que Dios lo bendiga!
Martín sonrió. Le relató su sueño y acerca de la visita prometida.
- ¿Quién sabe? Todo es posible –comentó la mujer. Luego se puso de pie y envolvió a su hijocon la capa que le abrigaba.
- Toma esta –añadió Martín, al poner en su mano dinero para que desempañara el chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que alguna sombra caía sobre la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete, tocado con una gorra ajada, cogió una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asía del pelo. El muchacho gritaba, y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al joven a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónale, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “ahora, pídele perdón a la abuela”, ordenó Martín al muchacho, quien empezó a llorar y a pedir perdón.
Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.
- Te lo pagaré, yo, madrecita –se apresuró a decir.
- ¡Este pillo merece una buena paliza! –refunfuño la vendedora.
- ¡Ay, abuela! –exclamó Martín-. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿Qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo, a un irreflexivo jovencito.
- Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a echarse el costal a la espalda, el joven le ofreció: “Permítame cargarlo yo, abuela. Voy por el mismo camino”.
La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle. Martín regresó a su trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ver la aguja para ensártala en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuerdo de la mesa, y colocó en ella la lámpara. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página que tenía señalada, pero se abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
- Martín, ¿no me conoces?
- ¿Quién eres? –musitó el zapatero.
- Soy yo –dijo la voz. Y del rincón oscuro surgió Stepánich, sonrió y, como una nube se desvaneció.
- Soy yo –volvió a decir la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madresonrió, y el niño rió; a poco, ellos también se fueron esfumado.
- Soy yo –dijo la voz una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer el evangelio donde el libro se había abierto solo. Al principio de la página, decía:
- Porque yo tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino, y me hospedasteis.
En la parte inferior de la página, el zapatero leyó:
- Siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis.

Martín comprendió que el Salvador realmente lo había visitado día, y que él lo había recibido dignamente.
                                                       
                                                             
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lunes, 5 de diciembre de 2016

Soledades.

Ellos tienen razón
esa felicidad
al menos con mayúscula
no existe
ah pero si existiera con minúscula
seria semejante a nuestra breve
presoledad

después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad

ya se que es una pobre deformación
pero lo cierto es que en ese durable minuto
uno se siente
solo en el mundo

sin asideros
sin pretextos
sin abrazos
sin rencores
sin las cosas que unen o separan
y en es sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo

los datos objetivos son como sigue

hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos

claro que la soledad no viene sola

si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades
se vera un largo y compacto imposible
un sencillo respeto por terceros o cuartos
ese percance de ser buenagente

después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

conforme
pero
que vendrá después
de la soledad

a veces no me siento
tan solo
si imagino
mejor dicho si se
que mas allá de mi soledad
y de la tuya
otra vez estas vos
aunque sea preguntándote a solas
que vendrá después
de la soledad.



Autor: Mario Benedetti.


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domingo, 4 de diciembre de 2016

El brindis del bohemio.




Es un Poema de Guillermo Aguirre y Fiero, Poema de amor y ternura como dice el escritor; es uno de los Poemas más populares en México.  "El brindis del bohemio" es un canto a la vida bohemia, a los sueños, las esperanzas pérdidas y a ese "Ser" maravilloso que es la Madre.
Desde HORIZONTE CULTURAL con todo el cariño se le dedica a todas las personas de manera iterativa leen y comparten lo publicado en el Blog.













                                   


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martes, 29 de noviembre de 2016

El cóndor y el poeta.



Diálogo

POETA
-Escucha, amigo Cóndor, mi exorcismo;
obedece a la voz del mago Mitre,
que ha convertido en trípode el pupitre;
apréstate a una espléndida misión.

CÓNDOR
-¡Poeta audaz, que de mi aéreo nido
en el silencio lóbrego derramas
cántico misterioso! ¿a qué me llamas?
Yo sostengo de Chile el paladión.

POETA
-No importa; es caso urgente, es una empresa
digna de ti, de tu encumbrado vuelo,
y de tus uñas; subirás al cielo,
escalarás la vasta esfera azul.

CÓNDOR
-¿Y qué será del paladión en tanto,
cuya custodia la nación me fía?

POETA
-Puedes encomendarlo por un día
a las fieles pezuñas del Huemul.

CÓNDOR
Pero el camino del Olimpo ignoro.

POETA
-Mientes; tú hurtaste al cielo, ave altanera,
en pro de nuestros padres, la primera
chispa de libertad que en Chile ardió.

CÓNDOR
-¡Falaz leyenda! ¡Apócrifa patraña!
Robaba entonces yo por valle y cumbre,
según mi antigua natural costumbre;
monarca de los buitres era yo.
Años después, llamáronme, y conmigo
vino esa pobre, tímida alimaña,
de los andinos valles ermitaña;
y, el paladión nos dieron a guardar.
Mal concertada yunta, que, algún día,
recordando los hábitos de marras,
estuve a punto de esgrimir las garras,
y atroz huemulicidio ejecutar.

POETA
-¡Oh mente de los hombres adivina!
¡Oh inspiración profética! No sabes,
alado monstruo, espanto de las aves,
el oculto misterio de esa unión.

¡Junto a la mansa paz, atroz instinto
de pillaje y de sangre! ¡Incauto el uno,
audaz el otro en tentador ayuno,
y de la Patria en medio el paladión!

Tremendo porvenir, yo te adivino,
pero no tiemblo. Es fuerza te abras paso
de la ilustrada Europa al rudo ocaso;
está en el libro del destino así.

Sus últimos destellos da la antorcha
que el hijo de Japeto trajo al mundo;
suceda al viejo faro moribundo
joven tizón, ardiente, baladí.

CÓNDOR
-No sé, poeta, interpretar enigmas;
no entiendo de tizones ni de faro.
Deja los circunloquios, y habla claro.
¿De qué se trata? Explícate una vez.

POETA
-De aquel fuego sagrado que trajiste
¿niégaslo en vano? a un ínclito caudillo,
apenas queda agonizante brillo;
nos viene encima infausta lobreguez.
Renovarlo es preciso.

CÓNDOR
-¿Cómo?

POETA
-Debes
seguir del sol la luminosa huella,
sorprenderle, robarle una centella,
metértela en los ojos, y escapar.

CÓNDOR
-Muy bien; me guardo el fuego en las pupilas,
cual si fueran volcánicas cavernas.
¿Y qué haré luego de mis dos linternas?

POETA
-Quiero a Chile con ellas incendiar.

CÓNDOR
-¿Incendiarlo? ¿Estás loco? ¿De eso tratas?

POETA
-Incendiarlo pretendo en patriotismo;
abrasarlo, molondro, no es lo mismo;
quiero hacer una inmensa fundición.
Quiero llamas que cundan pavorosas,
descomunales llamas, llamas grandes,
que derritan la nieve de los Andes
y la de tanto helado corazón.

¿Abrasar? ¡Linda flema! -¿Es tiempo ahora
de contentarse con mezquinas brasas
que den pálida luz, chispas escasas,
como para el abrigo de un desván?
No, señor; vasto incendio, llamas, llamas,
que unas sobre las otras se encaramen,
y levantando rojas crestas bramen,
y les sirva de fuelle un huracán.

Despacha, pues; arranca; desarrolla
el raudo vuelo; tiende el ala grave,
como la parda vela de la nave
cuando silba en la jarcia el vendaval.
Vuela, vuela, plumífero pirata;
recuerda tu nativa felonía;
asalta de improviso al rey del día
en su carroza de oro y de cristal.

CÓNDOR
-Ya te obedezco, y tiendo como mandas,
el ala; aunque eso de tenderla un ave
no ligera ni leve, sino grave,
para tanto volar no es lo mejor.
Y si de más a más tenderla debo,
como la parda vela el navegante
cuando oye la tormenta resonante
que amenazando silba, peor que peor.

Que no despliega entonces el velamen,
antes amaina el cauto marinero,
y aguanta a palo seco el choque fiero,
si salvar piensa al mísero bajel.
Así lo vi mil veces, revolando
entre las nubes negras, cuando hinchaba
la Mar del Sur sus ondas, y bregaba
contra la tempestad el timonel.

POETA
-No lo entiendes: la nave del Estado
es la que yo pintaba; y la maniobra
a que apelamos hoy, cuando zozobra,
no es amainar, estúpido ladrón.

CÓNDOR
-¿Pues qué ha de hacer entonces el piloto?

POETA
-Según doctrina de moderna escuela,
debe correr fortuna a toda vela,
sin bitácora, sonda, ni timón.
Si tú leyeras, avechucho idiota,
gacetas nacionales y extranjeras,
la ignorancia en que vives conocieras;
todo ha cambiado entre los hombres ya.

Altos descubrimientos reservados
tuvo el destino al siglo diecinueve;
hoy en cualquiera charco un niño bebe
más que en un hondo río su papá.
¡Oh siglo de los siglos! ¡Cual machacas
es tu almirez decrépitas ideas!

¡Qué de fantasmagorías coloreas
en el vapor del vino y del café!
¡No era lástima ver encandilarse
los hombres estudiándose a sí mismos;
y tras mil embrollados silogismos,
salir con sólo sé que nada sé!

¡Ea, pues! ¡A la empresa! Bate el ala,
y apercibe también las corvas uñas,
y guárdate de mí si refunfuñas,
lobo rapaz, injerto de avestruz.

CÓNDOR
¿volando? -Ama aún el buitre robador su nido;
Chile, a traerte voy, no la centella
que incendiando devora, sino aquella
que da calor vital y hermosa luz.

Autor: Andréste Bello.


Twitter: @mariaauxig